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Not in situ reúne un conjunto de obras que exploran el concepto de espacio desde diferentes perspectivas. El punto de partida para la selección de los artistas aquí presentados ha sido Hangar, un centro dedicado a la investigación y producción artísticas en Barcelona que ofrece residencias y talleres a artistas. Del propio nombre del centro - hangar: un lugar grande y abierto, donde predomina la sensación espacial - deriva el concepto de espacio, ampliamente entendido, utilizado como base para la selección de las obras.

La exposición traza un recorrido por distintas formas de trabajar el espacio, como sus aspectos más físicos y su percepción, pero también explorando otros espacios, como el mental, el narrativo o el sensorial, por citar algunos.

Las obras de Vicens Casassas y Weareqq (Vicente Vázques y Usue Arrieta) son proyectos específicos que inciden en la transformación de un espacio determinado, proponiendo otra lectura de su historia e interviniendo en él, desplegando elementos que ya hacían parte de este espacio a través de otra configuración o construyendo nuevas estructuras que se relacionen con los aspectos arquitectónicos e históricos del lugar.

Guillaume La Brie también incide en la estructura del espacio, pero ya del espacio expositivo en concreto, desprendiendo literalmente partes de él para construir su obra, de manera que las paredes y el mobiliario de la sala son los que dan forma positiva a sus piezas, pero sin desconsiderar lo que queda en negativo, incorporándolo al resultado de la instalación.

Utilizar las posibilidades del propio espacio expositivo también es una estrategia adoptada por Mariana Zamarbide, quien juega con el espacio mismo de Hangar - ubicado en un edificio de dos plantas, donde arriba se encuentran los talleres de los artistas y abajo una sala usada en algunos casos para exposiciones - y crea una especie de ilusión optico-espacial con su intervención.

Gustavo Ferro no modifica físicamente el espacio expositivo como La Brie, pero sí lo transforma, convirtiéndolo en contenedor de los cartones que el artista fue recogiendo por las calles y depositados en el espacio, cambiando su percepción y uso. El cambio en la percepción del espacio, según los elementos que el artista opta por introducir en él, se nota claramente en la obra de Alfredo Costa Monteiro, que llena progresivamente el ambiente con humo, cuando alguien acciona la instalación, y lo acompaña por un sonido evocador (la grabación de géiseres en el desierto de Atacama), transformando su percepción.

Es evidente que la intervención directa en espacios cambia su percepción, sobretodo porque despierta otras dimensiones de los mismos, ya sean sensoriales, como en el caso de Costa Monteiro, o puramente visuales, como en las obras de Irene Van de Mheen y Juan López. Con simples cinta adhesivas ambos artistas provocan en la visión del espectador juegos ilusorios de formas y espacios, proponiendo una lectura completamente distinta a la que se suele asociar a estos espacios u objetos intervenidos. Rémi Bragrad también utiliza un elemento sencillo en su obra, dispone unos niveles láser de una determinada manera que juntos construyen una imagen espacial estática.

Javier Arce combina la espacialidad con conceptos como la movilidad, la ubicación, la especificidad y la economía de una obra de arte y propone un objeto autosuficiente en tanto que obra (instalación) y soporte de transporte. La movilidad de la obra y su inserción en otros espacios, en este caso, no cambian la obra. Sin embargo, el proyecto de Liz Kueneke se aprovecha exactamente de este carácter móvil que pueden asumir determinadas obras para nutrirse de diferentes contenidos, según por donde pase. Otro aspecto espacial que entra en el desarrollo de su obra es la percepción mental que los participantes tienen del territorio, que queda plasmada en los mapas a modo de una cartografía emocional.

Pauline Fondevila trabaja el espacio a través de un recurso bidimensional, el dibujo, por el cual consigue desplegar una serie de acciones e historias que desdibujan las fronteras del papel y crean un amplio espacio de narración. El dibujo también es el medio por el cual Jorge Satorre propone confrontar un dolmen, una construcción que protege un espacio interior, con el relato de 64 fragmentos de un espacio desconocido por el artista. En las obras de estos dos artistas el dibujo, además de su forma física expositiva, sirve de base para plantear o apuntar hacía un espacio exterior, inventado o imaginado.

La pérdida de un sentido único del espacio, o al menos vinculado a una secuencia temporal lineal, provoca una de-espacialización que usada por la narrativa sirve para dar sentido a una serie de imágenes dispares y encadenar un relato, como lo hace Alex Reynolds en su video. En cambio, Tamara Kuselman trae la ficción al espacio real, reconstruyendo una escena de una película como performance. El espacio de la acción resulta doblemente considerado, debido a la superposición de los espacios de interpretación.

El espacio como medio o escenario para el desarrollo de una acción también está presente en la instalación de Virgina Colwell, que dispone una situación en la cual el público se encuentra dentro de una historia, asumiendo el papel de testigo y a la vez de implicado al desvelar los contenidos de la historia en la medida que avanza por el espacio (y activa los sensores de audio de la instalación). Circular por el espacio y aprehender los diferentes elementos que componen la instalación también es lo que propone Daniel Jacoby, pero influyendo expresamente y de forma activa la percepción del público por el audio que acompaña su instalación.

El estímulo sonoro cambia nuestra percepción espacial y Miguel Soler juega con este hecho. Provoca la confrontación entre una imagen (un conjunto de objetos) y su significado al presentar unos cascos aparentemente inofensivos animados por una nana hecha a partir de fragmentos de himnos militares de corneta, llenando el espacio con cierta falsa ternura y doble sentido. Ya en la obra de Ainara Elgoibar lo que se mantiene es una estructura (un metrónomo eléctrico modificado) que capta ondas de radio, y es el sonido entonces que cambia según el espacio donde se encuentra la obra, haciendo visible una realidad imperceptible.

La mayoría de las obras presentadas seguramente necesitan ser disfrutadas en su contexto específico (in situ), y de ahí la negación añadida al título de la exposición, que nos hace recordar nuestra posición frente a ellas, como espectadores. Aun así, pese a esta contradicción, he creído ser interesante reunirlas y promover su acceso con este formato de exposición. Quisiera agradecer a todos los artistas por participar y compartir sus obras en este contexto.

Pedro Torres.